En la secundaria fui el marginado, el "leproso", el "nadie se junte con él". Fueron dos largos años; yo era el raro del salón y de toda la institución.
Era recibir indirectas, humillaciones, burlas y chistes sobre mí. Intenté levantar mi voz, pero la violencia se asomó. Entonces guardé silencio; me volví asocial y tímido como defensa. Mi sonrisa se convirtió en una simple línea.
Mi relación con Dios estaba rota, no existía. Estaba harto de los de la catequesis; siempre era el mismo acoso. No bastaba con vivirlo de lunes a viernes, sino que también seguía los sábados y domingos. No hubo día de clase en el que no me hicieran sentir que no merecía a Dios por ser así. Buscaban reprimirme, borrarme. Pero mis rodillas se cansaron; el plan no funcionó.
Y entonces dije: "Si no merezco a Dios, Él no me merece a mí". Me fui y dejé de creer. No creía en nadie, ni siquiera en mí mismo. Fue allí donde la depresión comenzó a sentirse con fuerza. Fue horrible; no había valentía, voluntad o dominio propio. No había nada.
Comencé a hablar solo todo el tiempo. No tenía amigos ni a nadie en quien confiar; estaba solo. Pensaba: "Yo contra el mundo y el mundo contra mí".
El acoso en aquel entonces no tenía la relevancia que tiene ahora. "Son solo bromas, sé fuerte", dijo la orientadora. Salí por esa puerta destruido. Huí por última vez de esa sección para buscar paz, aunque sabía que el patrón se iba a repetir.
Pero mi suerte cambió ese miércoles 10 de octubre. Ella se acercó a mí con la mejor intención del mundo para buscar una conversación. Yo creía que iba a pasar lo peor, pero no fue así. Se convirtió en mi confidente hasta el sol de hoy. Yo no hice nada; ella llegó sola y me aceptó tal cual soy.
Después de un largo camino, encontré a un Dios de amor, de dicha y de unión. Un Dios grande, no uno de segregación y represión. Ese "Dios" que me obligaron a amar era un dictador; mi Dios actual es el dueño del Universo y ama a sus hijos.
Hoy me doy cuenta de que ella fue mi Jesús. Ella se acercó a un marginado, a un leproso, y lo hizo creer en sí mismo. Y el Hesed se manifestó.
Aquel marginado que pensó en irse de este mundo pronto, tuvo una razón para quedarse; tuvo una razón para creer. Ella tuvo que abandonar el país, pero jamás abandonará mi alma. Le pido a Dios cada noche que, donde quiera que esté, le bendiga el camino y la llene de prosperidad; que no la abandone y la tenga siempre a su lado.
Todo tiene un propósito en esta vida, como Dios enviándola a ella para rescatarme y así llegar a Él.
Moraleja: Hasta en la estructura que dice ser la casa de Dios habitan demonios que te llevan a cuestionarte la vida entre los vivos. Pero Dios no abandona, ni siquiera a los que se alejan de Él.