En la secundaria fui el marginado, el "leproso", el "nadie se junte con él". Fueron dos largos años; yo era el raro del salón y de toda la institución. Era recibir indirectas, humillaciones, burlas y chistes sobre mí. Intenté levantar mi voz, pero la violencia se asomó. Entonces guardé silencio; me volví asocial y tímido como defensa. Mi sonrisa se convirtió en una simple línea. Mi relación con Dios estaba rota, no existía. Estaba harto de los de la catequesis; siempre era el mismo acoso. No bastaba con vivirlo de lunes a viernes, sino que también seguía los sábados y domingos. No hubo día de clase en el que no me hicieran sentir que no merecía a Dios por ser así. Buscaban reprimirme, borrarme. Pero mis rodillas se cansaron; el plan no funcionó. Y entonces dije: "Si no merezco a Dios, Él no me merece a mí". Me fui y dejé de creer. No creía en nadie, ni siquiera en mí mismo. Fue allí donde la depresión comenzó a sentirse con fuerza. Fue horrible; no había v...
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